Cuenta una antigua leyenda, que, en el año de 1864, una tropa francesa llegó al pueblo de Mixquiahuala para comunicar que debía someterse al Imperio de Maximiliano, advirtiendo que, de no hacerlo, el poblado sería incendiado.

Ante esta amenaza, los habitantes comprendieron que no aceptarían someterse, por lo que decidieron abandonar el pueblo y resguardarse en el cerro del Elefante, lugar estratégico desde donde podían observar lo que ocurría. Antes de partir y movidos por la fe, colocaron las imágenes sagradas en lo alto del campanario de la capilla de San Antonio, santo patrono del pueblo, para protegerlas y encomendar a ellas el destino de la comunidad.

Cuando los franceses regresaron para cumplir su advertencia, al aproximarse al centro del pueblo vieron un intenso brillo en el campanario. Desde la distancia, interpretaron aquella luz como el reflejo de un cañón o de armas preparadas, y pensaron que, de avanzar, serían atacados por civiles ocultos.

Temiendo una emboscada, la tropa decidió no entrar al pueblo y retirarse definitivamente. Con el tiempo, los habitantes atribuyeron aquel hecho a un milagro de San Antonio, pues el resplandor provenía de los ornamentos de las imágenes resguardadas en el campanario, confundiendo a los soldados.

Así, según la tradición, Mixquiahuala se salvó del ataque francés y la luz del campanario quedó en la memoria del pueblo como símbolo de fe, unión y resistencia.